¿Tratar el envejecimiento como una enfermedad? WTF

envejecimiento

Hace unas semanas fui a un evento de “bienestar” que lleva varios años realizándose en distintas ciudades. Era la segunda ocasión que asistía y, en ambas, alguien tuvo el detalle de regalarme la entrada. Gracias a quienes lo han hecho.

Sin embargo, en ninguna de las dos ocasiones me he quedado con un buen sabor de boca.

Mi impresión ha sido que la venta de productos y servicios, acompañada por la presencia de influencers y la difusión en redes sociales, ocupa mucho más espacio que la información confiable sobre salud. Y eso me inquieta, porque muchas personas llegan precisamente buscando aprender, cuidarse y encontrar respuestas.

Claro que también hay ponentes que aportan. Por eso, cuando voy, entro a las conferencias. Además, como profesional de la salud, me parece importante conocer los mensajes que están recibiendo las personas: escucharlos, contrastarlos y formarme un juicio.

Esta vez, entre los folletos y una bolsa reutilizable, me llevé una afirmación que siguió conmigo mucho después del evento.

En un panel de longevidad, uno de los participantes comentó que algunos investigadores ya consideran el envejecimiento una enfermedad. Una persona del público le preguntó qué opinaba él.

Su respuesta fue que sí: para él, el envejecimiento era una enfermedad.

Mi mente se escandalizó durante unos minutos.

Después llegó una pregunta que me pareció más importante que mi reacción: ¿por qué me incomodaba tanto esa idea? ¿Porque era una propuesta poco sustentada o porque cuestionaba algo que yo había dado por hecho?

No quería quedarme únicamente con el rechazo inicial. Así que durante las semanas siguientes busqué distintas perspectivas: biológicas, clínicas, filosóficas, sociales y económicas.

Hoy tengo muchas más preguntas que al salir de aquella conferencia. Y algunas certezas más precisas.

 

Lo que estamos nombrando “Envejecimiento” puede referirse al paso de los años, a los cambios biológicos que ocurren con el tiempo o a una etapa de la vida con dimensiones sociales y culturales.

No es lo mismo proponer que determinados mecanismos de deterioro sean objetivos de tratamiento que afirmar que una persona está enferma porque tiene más años.

La OMS aclara que la vejez no está clasificada como enfermedad en la CIE-11. Existe una categoría de declive de capacidad intrínseca asociado al envejecimiento, pero eso no equivale a diagnosticar a todas las personas mayores.

La distinción es fundamental. Si no sabemos qué estamos proponiendo nombrar, difícilmente podemos evaluar qué cambiaría al hacerlo.

¿Por qué algunos investigadores quieren cambiar el enfoque?

La propuesta tiene una lógica científica que merece escucharse.

Con el tiempo ocurren cambios celulares y moleculares que contribuyen a la pérdida de función y al riesgo de distintas enfermedades. La gerociencia estudia si intervenir sobre mecanismos compartidos podría retrasar varias condiciones a la vez, en lugar de esperar a tratarlas por separado. (⁠nia.nih.gov)

El objetivo es atractivo: más años con salud y capacidades para vivir como cada persona desea.

Quienes apoyan definir el envejecimiento como enfermedad también dicen que esto podría facilitar investigación, desarrollo de tratamientos y vías regulatorias. Buscan que el deterioro deje de desestimarse con un “es normal para tu edad”.

Esa intención me parece valiosa. Lo que necesita más discusión es si cambiar la definición es indispensable para conseguirla.

La investigación ya avanza sin esa clasificación. Y reconocer una enfermedad tampoco aprueba automáticamente un medicamento ni garantiza que un seguro lo cubra.

 

Lo natural no tiene que aceptarse sin preguntas

Una de mis primeras ideas fue: “Pero envejecer es natural”.

Lo es. Sin embargo, esa palabra no resuelve qué debemos hacer.

Que un cambio sea frecuente o esperable no significa que sea inocuo. El parto vaginal es la vía "natural" y no por eso negamos que los nacimientos por cesárea han salvado muchas vidas cuando están médicamente indicadas.

Pero el paso del tiempo y la edad tampoco obliga a aceptar dolor, pérdida de movilidad o limitaciones que podemos prevenir o atender.

Podemos reconocer el envejecimiento como parte de la vida y querer reducir sus consecuencias perjudiciales.

Pero hay otra distinción igualmente necesaria: que podamos modificar algo no demuestra, por sí mismo, que sea una enfermedad.

 Una palabra también cambia cómo nos tratamos

Llamar enfermedad al envejecimiento podría ayudar a reconocer necesidades y movilizar recursos. También podría reforzar la idea de que hacerse mayor significa estar permanentemente enfermo.

Eso importa en una sociedad donde ya existen prejuicios sobre la capacidad de las personas mayores para trabajar, aprender, decidir o participar. Una revisión de 422 estudios documentó una relación ampliamente consistente entre edadismo y peores resultados de salud. (⁠journals.plos.org)

Esa evidencia no demuestra que la nueva etiqueta aumentaría necesariamente la discriminación. Sí nos obliga a considerar el contexto en el que la usaríamos.

Tener una enfermedad nunca debería restar dignidad. Necesitar ayuda tampoco debería quitar el derecho a decidir.

Me pregunto, además, qué ocurriría si el autocuidado empezará a sentirse como una obligación de evitar el envejecimiento. ¿Podríamos elegir tratamientos libremente? ¿O aparecería presión para mantenernos biológicamente jóvenes y culpa cuando no lo consiguiéramos?

No todos envejecemos desde las mismas oportunidades

El cuerpo también lleva la historia de nuestras condiciones de vida.

No es igual envejecer con vivienda segura, atención sanitaria y tiempo para descansar que hacerlo después de décadas de trabajo exigente, inseguridad económica o cuidados familiares sin apoyo.

Si reducimos esas diferencias a un problema individual que debe corregirse con tratamientos, podemos dejar fuera las condiciones que ayudaron a producirlas.

Y si las intervenciones fueran costosas, ¿quién podría acceder a ellas?

Una innovación podría ampliar posibilidades para muchas personas o profundizar las diferencias entre quienes pueden pagarla y quienes no.

Lo mismo sucede con el argumento económico. Una intervención eficaz podría disminuir enfermedad y necesidad de cuidados. También podría aumentar el gasto si exige tratar a grandes poblaciones durante muchos años. Beneficiar a las personas, ser costo-efectiva y ahorrar dinero son cosas distintas.

Por eso me cuesta aceptar explicaciones como “no se reconoce porque a los seguros no les conviene” sin pedir pruebas. Los intereses económicos existen, tanto para financiar y vender como para limitar cobertura. No explican por sí solos toda la controversia.

Las preguntas que quiero conservar

Antes de apoyar o rechazar la propuesta, quisiera seguir buscando con estas preguntas en mente.

  • ¿Qué se diagnosticaría exactamente y con qué criterios?
  • ¿Qué beneficio necesita esa nueva definición y no puede obtenerse mediante prevención y atención de problemas específicos?
  • ¿Cómo sabríamos que una intervención mejora la vida, además de modificar un análisis?
  • ¿Quién tendría acceso y quién quedaría fuera?
  • ¿Podría una persona rechazar tratamientos sin perder derechos ni recibir culpa?
  • ¿Qué lugar tendrían la vivienda, la comunidad y los cuidados en un enfoque centrado en la biología?
  • ¿Qué tanto participan en esta discusión las personas que ya viven la vejez?

Lo que me traje de aquella conferencia

El interés por la longevidad está creciendo. Aparece en medios, investigaciones, clínicas y conversaciones cotidianas. Hay avances científicos que merecen atención y promesas comerciales que necesitan una revisión cuidadosa.

No quiero cerrar la puerta a una posibilidad solo porque me incomodó escucharla. Tampoco quiero confundir la fuerza de una afirmación en un escenario con la fuerza de su evidencia.

Hoy puedo apoyar la investigación sobre el envejecimiento sin tener resuelta mi postura sobre llamarlo enfermedad.

Me interesa que podamos vivir más años con posibilidades de disfrutarlos. Y me interesa que quien necesite cuidados siga encontrando respeto, participación y reconocimiento, aunque su cuerpo cambie.

Salí de aquel evento con una bolsa reutilizable, unas trípticos y una frase incómoda. Semanas después, esa afirmación se convirtió en una conversación llena de preguntas  que vale la pena abrir.

Porque cuidar también implica revisar nuestras certezas, hacer mejores preguntas y escuchar qué consecuencias podrían tener las respuestas.

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